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Mucha hipocresía con Lamine Yamal

El único “pecado” que ha cometido el delantero del Barça es expresar su opinión sin artificios en un mundo cada vez más falso y plantar cara al madridismo sociológico

Existe una curiosa hipocresía alrededor de Lamine Yamal y el Balón de Oro. El jugador del Barça ha hecho algo tan simple —y tan poco habitual en un fútbol cada vez más controlado por discursos prefabricados— como expresar su opinión: considera que merece ganar el premio y, entre él y Kylian Mbappé, dos de los mejores jugadores del mundo, este año se ve por delante del francés.

A partir de ahí, una parte de la prensa española ha reaccionado como si Lamine hubiera cometido una arrogancia imperdonable. Se le ha acusado de exceso de confianza, de falta de humildad e incluso de haber cruzado una línea que, en realidad, solo existe cuando quien habla es un futbolista del Barça.

Decir que quieres ganar no es faltar al respeto

Lamine no ha menospreciado a Mbappé. No ha negado la calidad del delantero del Real Madrid ni ha afirmado que su candidatura no tenga argumentos. Simplemente ha defendido su propia candidatura. Y eso, en un deporte competitivo, no debería ser ningún escándalo.

Los grandes jugadores tienen ambición. Quieren ganar títulos, marcar los goles decisivos y recibir los reconocimientos individuales. El Balón de Oro no es un premio que deba pedirse con la cabeza agachada ni con una falsa modestia de manual. Si un futbolista cree honestamente que ha sido el mejor, tiene todo el derecho a decirlo.

De hecho, a menudo se aplaude esta personalidad cuando procede de otros jugadores. La seguridad en uno mismo se presenta como mentalidad ganadora cuando la protagoniza un futbolista determinado. En cambio, cuando la manifiesta Lamine, se convierte en soberbia. Esta doble vara de medir es lo que resulta difícil de ignorar.

La campaña que cambia según el club

Lo más revelador, sin embargo, no es tanto la reacción a las palabras de Lamine como el cambio de discurso que se ha producido alrededor del Balón de Oro. Durante buena parte del debate, Rodri era presentado como el gran candidato español, el jugador que debía poner fin a una supuesta injusticia histórica y devolver el premio al fútbol estatal.

Pero ese relato perdió fuerza cuando Rodri acabó fichando por el Barça y no por el Real Madrid. A partir de ese momento, el apoyo mediático a su candidatura comenzó a diluirse, mientras Mbappé pasaba a ocupar el centro de la escena. No es que el francés no tenga argumentos —los tiene, y muchos—, sino que cuesta no ver una cierta conveniencia en el cambio de candidato.

Cuando Rodri era una posibilidad vinculada al fútbol español, se reivindicaban su valor, su liderazgo y su capacidad para entender el juego. Cuando vistió de azulgrana, el foco se desplazó. Y ahora, cuando Lamine defiende que él merece el premio por delante de Mbappé, algunos de los mismos altavoces que antes reclamaban reconocimiento para Rodri consideran que el joven del Barça debería callar.

Lamine molesta porque no pide permiso

Lamine Yamal no juega con miedo y tampoco habla con miedo. Esta es una de sus grandes virtudes, pero también una de las razones por las que genera tanta incomodidad. Es un futbolista de 18 años que no pide permiso para asumir responsabilidades, para querer ser decisivo ni para considerarse candidato a los premios más importantes.

El Barça ha tenido demasiadas veces jugadores obligados a justificarse por tener ambición. En cambio, otros futbolistas pueden proclamar que quieren ser los mejores sin que eso se interprete como una ofensa. Lamine rompe ese guion porque no acepta el papel de joven talento que debe limitarse a sonreír, agradecer la oportunidad y esperar su turno.

Y quizá este sea el principal motivo de la reacción: no molesta tanto lo que ha dicho como el hecho de que lo haya dicho él. Un jugador azulgrana, joven, diferencial y con una proyección extraordinaria, que no esconde que quiere el Balón de Oro y que considera que ha hecho suficientes méritos para ganarlo.

El debate debería decidirse sobre el césped

La discusión debería ser futbolística. Se puede defender que Lamine merece el premio, que Mbappé tiene mejores argumentos o que cualquier otro candidato ha tenido un año superior. Lo que no tiene demasiado sentido es convertir una opinión legítima en un juicio moral.

El Balón de Oro debe decidirse por el rendimiento, la influencia en los partidos, los títulos, la regularidad y la capacidad de marcar diferencias. No por quién es más dócil ante los micrófonos ni por quién encaja mejor en la narrativa mediática del momento.

Lamine ha hecho exactamente lo que haría cualquier gran competidor: decir que quiere ganar y explicar por qué cree que lo merece. Si eso provoca tanta reacción, quizá el problema no sea su declaración, sino la incomodidad que genera que el mejor jugador joven del mundo sea del Barça y no acepte que nadie le marque el techo.

La hipocresía, en este caso, no es que Lamine se considere merecedor del Balón de Oro. La hipocresía es exigirle humildad mientras se construyen campañas cambiantes según el club del jugador. Al final, sin embargo, la respuesta más contundente no llegará desde las tertulias: llegará, como siempre, sobre el césped.